Por, Gerardo Andrés Guayacán Cruz

“Las fiestas decembrinas y dentro de ellas la Navidad y la noche de Año Nuevo, son ocasiones propicias para el dictamen de conciencia: reconocer lo que hemos hecho mal, estar dispuestos a corregir el rumbo y lanzar una cruzada por la mejoría y el crecimiento personal”, nos recuerda José Juan García Marín.

El fin de año está ahí, envolviéndonos en una atmósfera de alegría y reflexión. Es un momento especial que nos invita a detenernos, mirar hacia atrás y hacia adelante, es tiempo para apreciar los logros, aprender de las experiencias y abrazar con entusiasmo las oportunidades que el Nuevo Año traerá consigo.

Es cierto que, estas festividades nos ofrecen una oportunidad para conectarnos con nuestros seres queridos, compartiendo alegría profunda y creando recuerdos memorables. Es un momento en el que los corazones se llenan de afecto y gratitud, recordando la importancia de la familia, los amigos y el apoyo incondicional que encontramos en este clima.

La magia de la temporada navideña se funde entonces con el espíritu del Año Nuevo, creando una sinfonía de emociones. Luces que centellean, los villancicos que llenan el aire y los aromas de deliciosos manjares que nos transportan a momentos entrañables. Es el tiempo de expresar gratuitamente sonrisas, abrazos y buenos deseos, sembrando semillas de esperanza y amor.

Sin embargo, el fin de año no solo es una época de celebración desenfrenada, sino también un período para la introspección y la reflexión.

Es el momento idóneo para revisar nuestros logros y fracasos, para aprender de los desafíos enfrentados y planificar metas inspiradoras para el nuevo ciclo que se avecina.

Esta época nos brinda la oportunidad de cerrar capítulos, dejar atrás lo que ya no nos sirve y abrazar lo que nos impulsa hacia adelante. Es el instante para agradecer las lecciones aprendidas, los momentos de felicidad y el crecimiento personal experimentado.

Es un tiempo para buscar la reconciliación y el perdón, tanto en nuestras relaciones con los demás como en nuestra relación con Dios. La confesión sacramental y la búsqueda de la reconciliación nos permiten comenzar el año con el corazón limpio y renovado, habiendo hecho un hueco en nuestra vida para recibir las bendiciones que Dios tiene reservadas para nosotros.

Al contemplar el horizonte del año entrante, podemos trazar planes, fijar propósitos y visualizar nuestros sueños. Es el momento de renovar la Esperanza, de comprometernos con el cambio positivo y de ser arquitectos de nuestro propio futuro.

Así que, mientras nos preparamos para despedir este año y dar la bienvenida al nuevo, recordemos que cada día es una nueva oportunidad para crecer, para amar, para aprender y para ser mejores versiones de nosotros mismos. Celebremos con alegría, brindemos con entusiasmo y abracemos con amor el encanto del fin de año.

Seguramente encontraremos pecados sociales, pecados políticos, pecados de omisión y un largo etcétera que cada uno conoce. Ojalá y si algo significan la Navidad y el Año Nuevo en nuestras vidas, hagamos que en ese significado construyamos un nuevo humanismo entre familiares, amigos y vecinos, alejados siempre del pecado.

¡Que esta temporada festiva nos llene de paz, amor y alegría, y que el Nuevo Año nos traiga infinitas bendiciones y oportunidades para alcanzar nuestros más anhelados sueños!

¡Santo y feliz Año Nuevo para todos!